El fútbol y la patria portátil


CRONICA. El fútbol es hermoso. Once soldados en un ejército sin armas. Personas que anotan goles con los pies o con la cabeza, mucho mejor que atacar al rival con artillería y rifles, escribe Carlos Decker-Molina.

Esta es una crónica. Las opiniones expresadas son las del autor.

El Mundial de Fútbol ha sido, es y será una de mis grandes pasiones.

No sé si alcanzaré a ver el próximo. Será dentro de cuatro años. Y cuatro años, a cierta edad, ya no son una medida del calendario sino una pregunta al destino.

El fútbol, ese delirio de multitudes, tiene un efecto adictivo. Poco importa dónde se juegue: Rusia, Qatar, la Argentina de los militares o ahora Estados Unidos. Cada cuatro años renace un cierto nacionalismo, pero uno menos peligroso que el otro: ese que empieza con himnos y termina con balazos.

Debo confesar que el Mundial es también un riesgo personal, porque soy hincha natural del equipo de mi patria, Bolivia, y del equipo de mi hogar, Suecia. En el Mundial actual está Suecia y no Bolivia.

Pero tengo, además, otro inconveniente sentimental: también soy hincha de los equipos de los países donde he vivido: Chile, Argentina, Francia, Estados Unidos y un poco México, porque me persiguió durante mi estancia neoyorquina, cuando me entretenía mirando por televisión los partidos de la liga mexicana, los domingos o quizá los sábados.

¿Qué es el fútbol para mí?

Bolivia

Bolivia sigue siendo dos calles: la empedrada y la asfaltada. Dos voces que monologan sin entenderse. Dos radios que se desdicen.

Jugué con pelota de trapo en la calle Ladislao Cabrera de Cochabamba, con los chicos del barrio. Una de las arqueras era Tomasa, la criada de mi familia. Jugaban el hijo del médico, el del zapatero remendón, el del comerciante de harina argentina y yo, el dueño de la número cinco.

De la calle pasamos a una canchita robada a los maizales de la avenida Aroma.

Entonces Bolivia se convertía en una sola calle. Los gritos se volvían diálogo. Hasta se cantaba el himno nacional, republicano, liberal, burgués y militarista, sin que nadie preguntara si la letra debía estar en quechua, aimara o castellano.

El fútbol abrazaba nuestras identidades y nuestras clases sociales. Uno de aquellos jugadores de la calle Ladislao Cabrera era Zabalaga —no recuerdo su nombre—, que años después fue puntal de la selección nacional de los sesenta.

Chile

En Chile, el fútbol fue un codazo en mis costillas. Antofagasta Portuario contra Colo Colo. Yo era un exiliado que trabajaba como reportero y locutor en Radio Antofagasta.
– Boliviano, ¿puedes leer los comerciales en el partido de esta noche?

La verdad es que nunca lo había hecho, pero los exiliados siempre necesitamos dinero. Además, tenía mujer y tres hijos, y vivíamos alquilando una casita en Las Rocas, frente al hipódromo. Pero esa es otra historia.
– Sí, claro. Cómo no… ¿Y cuánto?

Ya en el partido, embelesado con el juego, olvidaba que era la hora de decir:
– ¡Goooool! El gol es de Rinso, el detergente maravilla… ¡Goooool!

El Turco —he olvidado su nombre—, que era el relator deportivo, me lo recordaba a codazos.

Colo Colo, Universidad de Chile, Palestino y mi Antofagasta Portuario quedaron en mi memoria de futbolero. Años después me gustaba mucho cómo jugaba Caszely.

Argentina

En mi adolescencia, en la casa materna de Bolivia, tenía un tío que escuchaba los partidos de la liga argentina por la radio. Aquellas transmisiones eran una ceremonia dominical y, sin saberlo, allí aprendí un lenguaje que mezclaba fútbol, publicidad y fantasía.

Todavía resuenan en mi memoria aquellas voces inconfundibles:
– ¡Atento, Fioravanti! Anuncia Alpargatas para calzado Mérito.

– ¿Novedades en la cancha de los pincharratas?

– ¡Estudiantes de La Plata marcó un golazo! Estudiantes 1, Banfield 0.

—Al mal tiempo, buena cara… use Gillette, la hoja preferida.

La radio tenía entonces algo de teatro y algo de poesía. Los relatores convertían un córner en una epopeya y una cuña publicitaria en una frase que uno repetía durante años. Yo era apenas un adolescente, pero aquellas tardes me parecían inmensas. El partido se jugaba en Buenos Aires, pero llegaba hasta nuestra casa boliviana envuelto en estática, nombres legendarios y voces que parecían venir de otro mundo.

Con el tiempo olvidé muchos resultados, pero no aquellas frases. Porque la memoria, caprichosa y sentimental, suele guardar menos los goles que las voces que los anunciaban. Y todavía hoy, cuando escucho la palabra «pincharratas», me parece oír, desde algún rincón de la infancia, el eco lejano de aquellas transmisiones que llenaban la casa y hacían que la Argentina estuviera, por unas horas, a la vuelta de la esquina.

Soy boquense desde niño porque Julio Elías Musimessi, el Gato, llegó con Boca a Cochabamba y jugó contra Aurora. En ese entonces todavía no existía Wilstermann. El Gato atajó un penal, y quizá desde allí empezó mi simpatía por Boca.

Cuando llegué a Argentina exiliado y sin dinero solía ir a la Bombonera para contentarme con el griterío de los hinchas, miraba el partido por una tele vieja de algún vecino pobre que tampoco podía pagar la entrada. 

Francia

Cuando llegué a Francia ya existía el Paris Saint-Germain, fundado en 1970 como resultado de la fusión entre el Paris Football Club y el Stade Saint-Germain. Sus primeros triunfos llegaron en los años ochenta. En 1982 ganó la Copa de Francia. Para mí había un solo Safet Sušić, y otro jugador que, con nombre y apellido como los nuestros, se llamaba Luis Fernández.

Aún sigo al PSG, aunque ahora sea propiedad de algún jeque del Golfo. En ese equipo jugó Zlatan, que también fue uno de mis favoritos.

La única vez que no hinché por Francia fue cuando le ganó a Brasil y salió campeón. Me ganó el sentimiento continental y sufrí junto a los once verde/amarillos.

Nueva York / México

La última vez que trabajé en la oficina de prensa de la ONU vivía solo en el East Village. No recuerdo si eran sábados o domingos cuando miraba por televisión los partidos de la liga mexicana. Fue entonces cuando me volví hincha de los Pumas de la UNAM.

Cuando puedo, todavía me entero de sus goles y sus fracasos. Kikín Fonseca fue uno de mis favoritos.

Entonces conocí mexicanos en los boliches del Upper East Side. La mayoría eran hinchas de los Pumas. Tal vez por eso México, sin que yo lo buscara, se me metió también en la memoria futbolera.

Suecia

Suecia es un país muy especial. Pocas veces tiene un jugador caudillo. Desde niños se enseña que “nosotros juntos” somos mejores que “tú solo”. Sus equipos son colectivos: todos yerran o todos aciertan.

Con la llegada de inmigrantes y refugiados, las cosas han cambiado, aunque solo un poco. Zlatan fue un solista, pero el conjunto nunca terminó de entenderlo. En los tiempos de Tomas Brolin y Martin Dahlin, cuando Suecia salió tercera en el Mundial de Estados Unidos, triunfó el colectivo, iluminado por los chispazos de liderazgo de Brolin y Dahlin.

Tengo un nieto que jugó al fútbol desde muy pequeño. Lo acompañé en sus primeros campeonatos. Incluso hice un viaje para verlo en la Gothia Cup y gritar en español:
– ¡Cubre tu flanco izquierdo! ¡Tira! ¡Tira!

Y me ahogaba gritando:
– ¡Goooool!

Era yo solo, ante la sorpresa de padres y abuelos suecos, mucho más silenciosos.

No sé qué me pasaría si se enfrentaran las selecciones de Suecia y Bolivia. Quizá, en mi caso, lo mejor sería un empate.

Ah, en Suecia mis favoritos son los portuarios del sur: Hammarby. Y un poco Bromma, porque allí jugó mi nieto en las ligas menores, aunque él y su padre son verdes del Hammarby.

Hace años que no voy al estadio. Me conformo con la televisión o me voy con mi amigo Sergio al Flying Horse, en la siguiente cuadra, a tomar una cerveza y mirar algún partido grande o alguna final.

Recuerdo aquella noche en que los alemanes fueron campeones y le metieron siete goles a Brasil. Por culpa del horario casi pierdo mi vuelo al día siguiente, precisamente a Alemania. Cuando llegué a Düsseldorf, la ciudad estaba llena de banderas alemanas: era el saludo al triunfo mundialista de su onceno.

¡Qué bello es el fútbol! Once soldados de un ejército sin armas. Hombres que meten goles con los pies o con la cabeza, siempre mejor que atacar al equipo contrario con artillería y fusilería.

Mi gran queja es la discriminación, el racismo y el trato desigual que se produce, sobre todo, en Estados Unidos. El equipo de Irán jugó y tuvo que irse de inmediato a México. A los equipos africanos los revisaron a la llegada con las manos en alto y fueron cacheados por una policía que parecía buscar ¿armas?, ¿droga?, ¿panfletos contra Trump?

Qué vergüenza.

El gran impulsor del fútbol en Estados Unidos fue Henry Kissinger. A él se debe, en buena medida, el Mundial de 1994. Hay voces en Estados Unidos que dicen: “Nuestros deportes son individualistas: el golf, el atletismo, el tenis”. Esos individualistas olvidan el básquet y el hockey sobre hielo. El deporte es deporte, no importa si se juega en soledad, once contra once, seis contra seis o dos contra dos.

Ojalá el fútbol siga siendo fútbol, y no un montaje teatral de epígonos políticos y comerciales que aprovechan a las multitudes para manipularlas.

Ojalá siga siendo esa patria portátil que uno lleva en los zapatos, en la garganta y en la memoria. Una pelota de trapo en una calle de Cochabamba. Un codazo en una cabina de radio chilena. Un grito de Boca escuchado desde afuera. Una cerveza en Estocolmo. Un nieto corriendo por la banda izquierda.

Y uno, viejo ya pero todavía niño, gritando gol contra el tiempo. ¡Qué gane el mejor!

Carlos Decker-Molina

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