El fútbol entre la xenofobia, el negocio y el error humano


Pegatinas, con personas que compran cromos de la FIFA. Foto: Shutterstock.

ANALISIS. Según estadísticas plenamente confiables, el 23 % de los futbolistas compite por una selección distinta a la del país donde nació. Lo que ignoran los críticos xenófobos y racistas es que en este Mundial participaron 96 jugadores nacidos en Francia defendiendo otras camisetas, escribe Carlos Decker-Molina.

Las opiniones expresadas son las del autor.

El Campeonato Mundial de Fútbol de 2026 está a punto de concluir. Tuvo tres países como sedes —Estados Unidos, Canadá y México—, aunque el territorio estadounidense concentró la mayor cantidad de equipos y partidos.

La gran excepción fue Irán. Sus jugadores debían abandonar Estados Unidos pocas horas después de cada encuentro disputado allí. Si ambos países mantenían un enfrentamiento militar y las restricciones eran tan severas, lo razonable habría sido que Irán jugara todos sus partidos en México o Canadá.

Otra de las grandes vergüenzas del campeonato fue el trato recibido por algunos jugadores árabes y africanos en los aeropuertos estadounidenses. Resultó igualmente escandaloso que el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, designado para participar en el Mundial, no pudiera ingresar en Estados Unidos.

Los críticos xenófobos

Según estadísticas plenamente confiables, el 23 % de los futbolistas compite por una selección distinta a la del país donde nació. Lo que ignoran los críticos xenófobos y racistas es que en este Mundial participaron 96 jugadores nacidos en Francia defendiendo otras camisetas.

Trece jugaron por Argelia; once por la República Democrática del Congo, Haití y Senegal; ocho por Costa de Marfil; y seis por Marruecos, Túnez y Cabo Verde.

Las escuelas de fútbol francesas alimentan desde hace años a buena parte del fútbol africano francófono y del Caribe. Pero no se trata únicamente de un fenómeno francés. Lo mismo ocurre en Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Suecia, Bélgica y España. En algunos casos influye la vecindad geográfica, como los cinco escoceses nacidos en Inglaterra; en otros, los vínculos coloniales, como varios marroquíes nacidos en España; y también las migraciones o el refugio político, como los cinco turcos nacidos en Alemania o los iraquíes y bosnios nacidos en Suecia.

El periodista Kiko Llaneras, de El País, sostiene que existen selecciones formadas casi íntegramente por la diáspora. Curazao posee el récord: 25 de sus 26 convocados nacieron en los Países Bajos. En la República Democrática del Congo, el 77 % del plantel nació en Francia o Bélgica. Marruecos presentó una selección donde buena parte de sus jugadores nació en París, Málaga, Bruselas o Ámsterdam.

La corrupción

El otro gran tema es la corrupción.

Todavía se recuerda el escándalo que terminó con la presidencia de Joseph Blatter, aunque conviene precisar que él no fue detenido durante el operativo policial de 2015.

El 27 de mayo de ese año, a petición del Departamento de Justicia de Estados Unidos, la policía suiza irrumpió en el hotel Baur au Lac de Zúrich y arrestó a siete altos dirigentes de la FIFA acusados de corrupción. La investigación había sido impulsada por el FBI y fiscales federales estadounidenses.

Blatter no fue arrestado. Dos días después fue reelegido presidente de la FIFA. Sin embargo, la presión provocada por el escándalo —el llamado FIFAgate— lo obligó a anunciar su renuncia el 2 de junio. Más tarde sería suspendido por el Comité de Ética de la FIFA e investigado por la justicia suiza.

Mucho podría decirse sobre la corrupción y los negocios que rodean a la FIFA. También sobre las pausas de hidratación, necesarias bajo temperaturas extremas, pero convertidas al mismo tiempo en espacios privilegiados para la publicidad televisiva. Cabe entonces una pregunta irónica: cuando llegue el invierno y los partidos se jueguen bajo temperaturas cercanas al hielo, ¿habrá también pausas para que los futbolistas puedan calentarse?

Gianni Infantino tampoco inspira demasiada confianza. No solo por su cercanía con Donald Trump —que hace recordar el viejo refrán ”dime con quién andas y te diré quién eres”—, sino también por sus estrechas relaciones con los jeques del Golfo.

El error humano

Quiero manifestar mi oposición a la creciente digitalización del arbitraje: el VAR, la detección automática del gol y el fuera de juego semiautomático.

De los tres sistemas, quizá el más aceptable sea el que determina si la pelota cruzó completamente la línea de gol. Es semejante al utilizado desde hace años en los grandes torneos de tenis.

Pero la incorporación masiva de estas tecnologías le arrebata al fútbol algo esencial: su condición profundamente humana, hecha de errores, dudas, intuiciones e improvisaciones.

Hubo árbitros que se convirtieron en verdaderas autoridades morales de la cancha, como el italiano Pierluigi Collina. También árbitros suecos reconocidos internacionalmente por su honestidad. No necesitaron que una máquina les indicara cuándo cobrar un penal o señalar un fuera de juego. Decidían con la convicción —acertada o equivocada— de quien había visto la jugada.

Claro que se equivocaban. Pero nunca anulaban un gol porque veinte segundos antes alguien había cometido una falta que nadie advirtió. En esos veinte segundos pudieron haberse producido una combinación brillante, un pase magistral y una definición inolvidable.

Tampoco se invalidaba una conquista porque una máquina descubriera que el codo, la punta del zapato o una mínima fracción del hombro del delantero estaban adelantados.

El fútbol nació en las calles, en los terrenos baldíos y en las barriadas populares. También creció en los grandes colegios de los señoritos ingleses.

Los muchachos de mi barrio jugábamos con arcos formados por dos piedras. Rara vez discutíamos un gol. Si la pelota pasaba demasiado alta, simplemente no valía. Era un pacto entre caballeros de la calle.

No pretendo que el fútbol vuelva obligatoriamente a esa infancia. Pero tampoco me parece aceptable que la modernidad termine matando un juego construido sobre la picardía, la gambeta, la improvisación y el remate inesperado porque un censor electrónico descubrió un codo adelantado.

Mucho menos que, después de largos segundos —o incluso minutos— de celebración, un gol sea anulado por una zancadilla ocurrida mucho antes y lejos de la acción decisiva.

El fútbol está lleno de goles nacidos de la picardía. Algunos fueron tan extraordinarios que terminaron convertidos en leyenda. Uno de ellos recibió el nombre de la mano de Dios.

La gambeta, la cachaña y el dribbling pertenecen a ese mismo territorio. La técnica ayuda, pero la verdadera inteligencia del futbolista consiste en engañar al adversario: hacer pasar la pelota entre sus piernas, amagar hacia un lado y salir por el otro, detenerse cuando todos esperan velocidad o acelerar cuando todos creen que se detendrá.

Pretender limpiar el fútbol mediante una moral digital, automática y ultratecnificada significa amputar una parte esencial del juego. El fútbol necesita entrenamiento, preparación física y tecnología, pero también imaginación, improvisación y creatividad.

El Brasil de Pelé, Garrincha, Roberto Carlos o Ronaldinho respiraba esa imaginación callejera. Con el tiempo fue reemplazada por sistemas casi matemáticos y esquemas extremadamente rígidos.

Hoy abundan equipos que hacen circular el balón durante veinte o veinticinco pases hasta encontrar un pequeño espacio en la defensa rival. Puede ser una admirable demostración táctica, pero confieso que, a veces, me aburre.

¡Qué diferencia cuando juegan selecciones como Cabo Verde, Costa de Marfil, Senegal o la República Democrática del Congo! Combinan la disciplina aprendida en los grandes clubes europeos con una extraordinaria capacidad de improvisación. En ellas, la picardía sigue siendo parte del espectáculo.

Dios juega al fútbol

Messi mira al cielo cuando necesita ayuda. Muchos futbolistas brasileños se persignan antes del pitazo inicial y una parte importante de ellos está profundamente influida por las iglesias evangélicas. Los jugadores musulmanes, por su parte, suelen inclinarse y besar el césped para agradecer una victoria. Cada uno invoca al mismo misterio con palabras distintas.

¿Por qué habría que aceptar unos gestos y censurar otros? Si el fútbol expresa la diversidad del mundo, también debería aceptar la diversidad de las formas de creer.

El problema, sin embargo, no es de los jugadores, sino de Dios. Si fuera perfectamente justo y absolutamente imparcial, todos los partidos terminarían empatados. Pero el fútbol, como la vida, nunca ha sido un ejercicio de justicia perfecta. También vive del azar, del poste que devuelve un remate, del rebote inesperado, del resbalón del defensor, del viento que desvía un centro o del árbitro que se equivoca.

¡Los aficionados forman la bandera argentina! Foto: Shutterstock.

Quizá por eso este deporte sigue fascinándonos. Porque no es un laboratorio ni una ecuación matemática. Es una representación de la condición humana, donde conviven el talento y el error, la disciplina y la improvisación, la estrategia y la inspiración.

Durante unas semanas quedaré con abstinencia de fútbol. Pero todavía me espera el Hammarby, mi equipo del sur de Estocolmo, ese barrio que alguna vez fue obrero y portuario y que hoy también pertenece a escritores, periodistas, músicos y actores. El barrio ha cambiado. El mundo ha cambiado. El fútbol también.

Sin embargo, algo permanece intacto desde aquellos partidos disputados entre dos piedras que hacían de arco: la alegría infantil de perseguir una pelota creyendo que, durante noventa minutos, el mundo entero cabe en un rectángulo de césped.

Y mientras exista un niño que improvise una gambeta en una cancha de tierra, un arquero que se lance sin calcular la física del vuelo o un delantero que invente un gol imposible de bicicleta en un potrero cualquiera, el fútbol seguirá resistiendo a la perfección de las máquinas. Porque, al fin y al cabo, no nació para ser perfecto: nació para emocionar.

Carlos Decker-Molina

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