Trump y el asalto al palacio de invierno


Historien upprepar sig inte, eller gör den? Collage: Lisa Jansson

Comprendo que no se pueden comparar las marchas fascistas con las que corresponde al relato de la izquierda, la del 17 y la 45. La diferencia es que ya no vivimos en un mundo bipolar, entonces los que se toman las calles ya no son los militantes del partido de la clase obrera y sus aliados sino las “multitudes” que se unen en su lucha contra el “imperio”, escribe Carlos Decker-Molina.

Digamos que Trump diseñó un golpe de estado institucional siguiendo los modelos clásicos de otros golpes de estado en la historia mundial. La marcha fascista de Mussolini sobre Roma en 1922, el Putsch y la Machtergreifund de Hitler. Por el otro lado también podría compararse con el asalto al palacio de invierno el 26 de octubre de 1917 o la movilización obrera del 17 de octubre de 1945 en Argentina. 

Comprendo que no se pueden comparar las marchas fascistas con las que corresponde al relato de la izquierda, la del 17 y la 45, si a esta última la consideramos de izquierda porque en sus inicios estaba más vinculada al fascismo italiano. 

La diferencia es que ya no vivimos en un mundo bipolar, entonces los que se toman las calles ya no son los militantes del partido de la clase obrera y sus aliados sino las “multitudes” que se unen en su lucha contra el “imperio”.  Imperio tiene diferentes significados aquí y allá.

El problema real es que esas multitudes son disímiles, por ejemplo, unos son los intereses de los Proud Boys (supremasistas blancos) y las sectas evangélicas infiltradas en el partido republicano o los grupos cubano/latinos sobre todo anticomunistas, ligados temporalmente con los diletantes de la conspiración del estado profundo. Los extrabajadores convertidos por el sistema, en lumpen y los militantes de Qanon, una secta esotérica.

Esas multitudes están también de moda en la política latinoamericana, se juntan y asumen un relato antiimperialista que los convierte de facto en la nueva izquierda o pertenecen el llamado socialismo del siglo XXI. A los extrabajadores convertidos en temporeros o venderos de baratijas sino en lumpen se suman los anarquistas, los defensores de la mujer y sus diferentes teorías entre ella la de género, contrabandistas y vendedores de droga.

Estas multitudes suelen convertirse en remedos fascistas por su acción, la violencia callejera, asaltos, incendios, destrozos de metros o de ventanales de bancos o comercios, cortes de electricidad de agua o suministros de salud o incendio de vehículos de transporte público. Esa práctica se da en los EE. UU. y en América latina. Las multitudes de los EE. UU son primas hermanas de las de América latina. Stalin diría. “Los extremos se juntan”. 

La revolución tenía otros modos de expresión que iban desde la huelga hasta la insurrección popular. Si me permiten, tenía una moral, quizá discutible, pero prevalecían los principios.

El planteo de la teoría de las multitudes importa una “aprovechamiento” del escenario democrático. Es decir, la democracia podría ser el método que los llevara al poder. Y, así fue en muchos casos (incluido Trump), lo interesante es que en funciones del poder comenzaron la tarea “revolucionaria” (pseudorevolucionaria diría yo) de erosionar la democracia que los había llevado al poder. 

Destrozar el instrumento democrático para permanentizarse en el poder como la culminación del esfuerzo antisistema, es el renglón en el que Trump parece alumno de Chávez/Maduro/Ortega/Morales/Bukele. 

Es la prueba de que no se trata de izquierda y derecha, se trata de asumir el poder por el poder por eso ambos relatos coinciden en calificar como a su enemigo principal a la prensa y las instituciones que debieran ser independientes como forma de garantizar el equilibro y actuar como contrapesos democráticos.   

Gracias a Trump el poder judicial yanqui es más conservador y reaccionario, en tanto que en Venezuela, Nicaragua o Bolivia el poder judicial es un instrumento de los dirigentes de las multitudes. Habitan el palacio de gobierno por cuoteo de intereses y no por méritos. Tampoco porque pertenecen al partido sino a grupos que se suman a una sigla como el MAS que fue la sigla de un partido falangista.

Es decir, el mismo método con la diferencia de las etiquetas: Trump, conservador de derecha, Maduro/Ortega/Morales/ “próceres de la llamada izquierda”, pero en realidad son de la misma miasma. 

Los que no ven los cambios en la sociedad no ven la realidad. Entonces es más fácil repetir o asumir las teorías de la conspiración o recitar las consignas de los líderes. 

El caso más extraordinario de ceguera es el de Bolivia. Nunca en la historia hubo un golpe con un parlamento funcionando, además con dos tercios de la mayoría en diputados y senadores. Los legisladores que actuaron democráticamente eran militantes del partido que había sido desalojado por un golpe. ¿Es que los golpistas fueron tan buenos o tontos que permitieron funcionar un parlamento en contra?

¿Qué fueron de derecha los del gobierno de transición en Bolivia? Si, claro que si, pero no es culpa de ellos haber asumido el gobierno provisional. Morales dejó un vacío de poder, además los socialistas del Siglo XXI con su eternización en el poder asfaltan el camino de retorno de la derecha.

No entienden que desde 1989 se terminó el sueño revolucionario, lo único que puede aspirar la izquierda es al reformismo, pero para ello tienen que ser más demócratas que la derecha que siempre se pasó por encima de las leyes.

Uno de los graves errores de la historia revolucionaria fue confundir las ideas con el relato de los líderes. Lamentablemente nada se ha aprendido porque si defiende lo dicho por el líder sin mirar la historia o los hechos.

Si el líder dice: “Nos han robado las elecciones”, sus multitudes le creen, es lo mismo cuando el huido Morales dice: “Fue un golpe” y sus multitudes le creen, entonces no es un error decir que Trump y Morales son lo mismo, ambos son los arquitectos de un relato falso, en base a un libreto también falso: Mientras el estadounidense dice: La elección presidencial ha sido tramposa, Morales no reconoce que hizo trampa no solo la electoral sino no respetar el resultado del plebiscito fue una trampa legalizada incluso por Almagro de la OEA ya lo descalificaba de demócrata y pasaba a la categoría de transgresor y autoritario.

Otro parecido es la convocatoria a la violencia, que a estas alturas de la historia es solo delincuencial.

Si Trump hubiese reconocido su derrota podría haber aspirado a ser candidato dentro de los cuatro años, pienso que ahora no va a ser posible, a no ser que el partido republicano se divida. Si Morales hubiese aceptado su derrota en el plebiscito, posiblemente el MAS habría ganado las elecciones con otros candidatos y el país se habría ahorrado vidas y dinero y el gran debate sobre si fue golpe o no lo sucedido a finales del 2019.

Hay algunos nuevos movimientos sociales respetables, pero las multitudes son como un paraguas donde caben moros y cristianos, ateos y religiosos, delincuentes y profesionales.

A falta de proletariado como sujeto de la revolución, apareció la teoría de las multitudes que creen que “hacer la revolución” es luchar por el cambio de símbolos. En EE.UU, en América Latina y en Rusia en 1917.

Carlos Decker-Molina

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